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Me pudo la literatura en mis predicciones sobre el mundial. Desde un principio pensé que Argentina levantaría la copa, porque creía que su relato era el mejor. Maradona a los mandos de un equipo con Messi. Era carne de documental, de los que uno ve con su hijo dentro de 20 años y desemboca en la típica conversación, que todavía tendrá lugar, sobre qué pasaría si Maradona o Messi compitieran en la liga de 2030.

“Maradona, hijo, era el mejor jugador de la historia.” Es cierto que en el panorama rondaban otros jugadores, como Cruyff o Di Stéfano, y que contaba con un sólido rival como Pelé. Pero el fútbol es el fútbol, y detrás de esa estúpida frase uno lee lo que quiere: yo quiero leer que en el fútbol hay deporte, pero también narrativa. Y como cuento, el de Maradona no tiene precio. Un chico humilde que conquista el mundo. Sabe hacer malabares con pelotas de papel de plata, con naranjas, y, lo que es más importante, con balones de cuero. Marca goles, hace trampas, y cae en un agujero de drogas que catapulta su leyenda a golpe de contradicción. Dios y demonio.

El fútbol le da una segunda oportunidad, esta vez en el foso, dirigiendo una orquesta que tiene como solista al que parece ser su único heredero digno de todos los que le han salido en los años que lleva ausente del césped. Maradona se redime mientras encumbra al único jugador capaz de enterrarle, y se eleva al cuadrado la tragedia de su personaje.

¿Qué selección podía competir con ello? ¿Holanda?

Pero llega España, y derrota a Alemania en semifinales. Hay euforia en la península, porque el patito feo vence y convence. Hasta hace dos años ni siquiera teníamos tan claro que nos mereciéramos el éxito, por mucho que repitiéramos que era nuestro momento. Pero la selección gana la Eurocopa, y con razón.

puyol

Son un equipo compacto. Son amigos. Se conocen de memoria, están unidos, unidos, unidos, unidos, y eso hará que repitan hazaña en África. Cualquiera lo diría, viendo la que se está montando en la Catalunya natal de algunos de los jugadores más importantes de La Roja.

Veinticuatro horas después de una manifestación a la que los más optimistas (o pesimistas) achacan una asistencia de un millón de personas, la selección española se juega su primera final del Mundial liderada por nombres como Xavi, Carles o Gerard.

Puede que la política nacional no sea tanto carne de literatura como la historia del Pelusa, pero me pregunto qué contará ese documental dentro de 20 años, si los gritos de ‘independencia’ pasan de gritos. Qué dirán los protagonistas, cuando los coloquen delante de una proyección del gol de Puyol o el labio roto de Piqué (¿o el gol de Xavi Hernández en la final?).

Existe una posibilidad, más real hoy que hace una semana, de que Catalunya se convierta en una nación independiente. En la más vieja tradición española, es posible que esta presión empiece por hacer mella en lo más simbólico antes de pasar a lo puramente político. Primero será una escisión cultural, lingüística…deportiva.

Existe una posibilidad, más real hoy que hace una semana, de que el mayor triunfo de la selección española, celebrado sin excepciones en todo el país, sea el último de un equipo unido, unido, unido, unido.

Como historia no está mal. Al menos es mejor que la anécdota de los dos ex madridistas holandeses clamando venganza, ¿no? Que gane el mejor relato.

Antes se agotará el mar que las metáforas futbolísticas. Lo que pasa es que no gozan del prestigio de las bélicas, por poner otro ejemplo. Por eso mola tanto citar a Sun Tzu, pero las frases de Clemente se las dejamos a los guiñoles o a los Manolos.

Damos la bienvenida a una nueva estrella en el panorama mediático español. Ha llegado José Mourinho. Este vecino portugués ha tenido que salir de España y pasar por Inglaterra e Italia antes de volver al lugar que le tenía reservado el destino: la portada. The Special One es adorado por sus jugadores y temido por sus enemigos mientras da de comer a la prensa.

La analogia con la política es inevitable. La política y el fútbol se parecen demasiado (igual que la guerra y el fútbol, el amor y el fútbol o Lost y el fútbol). Diego Campo y un servidor no hemos podido resistir la tentación de jugar a un ‘Si fuera’ político futbolístico. El trabajo de un líder es el trabajo de un líder y no importa si va en traje o en chándal, en zapato plano o con tacón. Estas son las conclusiones de nuestro juego asociativo y libre.

Opio del pueblo

Sabe darle a la prensa exactamente lo que necesita. Y no lo hace por hipocresía, superficialidad o deporte, sino porque sabe que parte de su trabajo está en los periódicos.

Es José Mourinho, sí. Pero también Esperanza Aguirre. Surtidor de titulares que no tiene miedo a la guerra porque sabe aguantarla mejor que los demás. “Pico y pala” es el lema de ella, mientras adelanta en el circuito de Madrid a su Pellegrini particular, un gran entrenador que no sabe ganar en los partidos trascendentales y con sus buenas formas como peores consejeras.

José Mourinho y Esperanza Aguirre

José Mourinho y Esperanza Aguirre

Son gestores de equipos, de mano dura y palabras dulces -a veces- y con las ideas peligrosamente claras. Les tildan de retrógrados, pero es que juegan a otra cosa: juegan a ganar. Y trabajan en un escandaloso silencio en la persecución de un gran reto.

Lejos queda el tiempo en el que figuraban como unos personajes secundarios en el paisaje, y en el que se les tenía el cariño que se guarda para los irrelevantes.

Dejar hablar a los números

Se le dan bien los números, a Rafa Benítez. Al inicio de su carrera se reían de él porque llegaba a los entrenamientos con un portátil, y siempre se le ha dado mejor hincar los codos que brillar frente a las cámaras. Quizá por eso, aunque sus dotes de gestión no dejan lugar a dudas, tuvo que buscar su suerte al otro lado de la frontera. Porque siempre se le adelantaron los que además de habilidad y genio tuvieron más astucia.

Como Rodrigo Rato. El hombre que se fue a triunfar al extranjero, tras haber rozado el cielo en España. Cada vez que el suelo tiembla en Madrid, su nombre suena para rescatar a los que claman por un borrón y cuenta nueva. Es el nombre que muchos recuerdan cuando las cosas se ponen feas y lo que hace falta no son palabras bonitas, simpatía y simpatías, sino alguien que se deje de palabras y empiece a enseñar resultados.

Rafa Benítez y Rodrigo Rato

Rafa Benítez y Rodrigo Rato

Como Rafa Benítez a quien el destino quizá tarde demasiado en darle la oportunidad de entrenar al grande de España del que salió, aunque haya hecho méritos.

Como Rodrigo Rato, que sigue mostrando dotes de gestión en entidades de relevancia mientras su partido reza en silencio por un nuevo rumbo.

Como Rafa Benítez. Como Rodrigo Rato.

Patria o yo

La prensa le busca con asiduidad porque en el burocrático mundo del periodismo de declaraciones, las suyas están siempre bien cotizadas por polémicas y colaterales. En el fondo es una relación con conveniencia porque en su esfera pública y profesional apenas ha mostrado capacidad alguna al margen de su facilidad para acaparar la atención. Y eso no es poco.

Se trata de Diego “Mamando” Maradona, pero también de Miguel Ángel Revilla, líderes de opinión que juegan a tener el verbo suelto porque en esa muestra del yo implacable radica su carisma. Ninguno disocia su imagen personal de la pública porque en la alabanza externa radica la fortaleza de ella por lo que no extraña verlos abrazado a la bandera que más les convenga para que la crítica exceda a sus figuras. Ellos son Argentina, Cantabria. Infinitas, como reza el eslogan.

Miguel Ángel Revilla y Diego Armando Maradona

Miguel Ángel Revilla y Diego Armando Maradona

Juegan en solitario en un deporte de equipo, gustan de protagonizar los momentos más polémicos y se aferran al o negro o blanco, pero gris jamás. Tras su puesta en escena desenfadada y terriblemente espontánea, se adivina un trabajo, un esfuerzo por recalcar esas características como forma de diferenciación con sus colegas. Son virtuosos con olfato privilegiado para adivinar o crear oportunidades y aunque siempre en el alambre de la minoría parlamentaria o futbolística-mediática, saben mantenerse con vida.

La épica racional

El trazo dibujado por su verbo resulta tan grueso como inequívoco. En ellos, los apelativos a la heroica, a la épica, se realizan desde situaciones más comunes de las que acostumbran a rodear a esos episodios inolvidables. Hacen gala de una personalidad dura que les hace temidos, respetados u odiados y con frecuencia dejan hueco para los principios, no vaya a ser que toque salir por piernas.

Se trata de José Antonio Camacho, pero también de Vicente Martínez Pujalte o Francisco Álvarez Cascos. Con el primero comparte el “mérito” de haber protagonizado la situación surrealista y novedosa de abandonar el Hemiciclo blanco sin apenas llegar a estar sentado en él. Con Cascos, la fácil caricaturización de dos personalidades arrolladoras, arremangadas y decididas a exigir el último esfuerzo a sus huestes. Todo soldado quisiera a un Camacho-Cascos con él en la trinchera.

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José Antonio Camacho y Francisco Álvarez Cascos

El de Cieza y el asturiano juegan con las bazas de su dureza para montar y desmontar cual Lego su imagen pública en cada momento. Ganan en el poco frecuente cara a cara, pues en esos momentos se adivina la nobleza que esconde tanto ceño fruncido. Y aunque más que estrategas sean implacables diseñadores de la táctica, persiguen sus metas con la misma fe que transmiten su relato de épica racional, de tipo duro al estilo Clint Eastwood en Gran Torino.

Continuará…