Ni más ni menos. Esas son las palabras que según Del Bosque (o la persona que haya escrito el discurso de Vicente del Bosque) resumen los valores de la selección y que además representan al conjunto de los españoles. Lo dijo en el discurso de la ceremonia de entrega del Premio Príncipe de Asturias (íntegro, aquí).
La identidad está tan lejos de ser una ciencia que es difícil hablar de ella sin parecer ñoño, propagandista o demagogo. Sin embargo creo que otros países lo tienen más fácil para definirse y entenderse. Pensad en Francia, con su idealismo batallador y su inflado sentido de la moral; en EEUU con su gusto por el trabajo, el patriotismo o la igualdad de oportunidades; o en Alemania, con su constancia y su capacidad de reinventarse a partir de hacer siempre lo mismo.
Son rasgos que han surgido de momentos clave en la historia de estos dos países y que sus habitantes han asumido como propios.

Vicente del Bosque recibe el galardón de manos del príncipe Felipe
Yo no creo que España sea ‘esfuerzo’. No es un rasgo que nos haya definido ni nos define. Las decisiones políticas de las últimas décadas no parecen ayudar: un sistema educativo muy permisivo con el fracaso, una política laboral que se centra en las enfermedades en lugar de en la prevención, un escaso hueco para el espíritu emprendedor… Francamente, no creo que nos defina el esfuerzo.
‘Disciplina’: ver arriba. La puntualidad de los españoles con la que tanto bromeamos cuando viajamos es un mal endémico. Las empresas y los trabajadores no respetamos los horarios (luego unos se quejan de la ineficacia de otros, y otros se quejan del abuso de unos), somos una sociedad acostumbrada a improvisar porque se nos suele olvidar planear, y habitualmente andamos abrumados con lo urgente.
¿Talento? Ningún país debería apuntarse el tanto del talento, porque no creo que exista ningún gen que lo propicie, ni que se coma, se beba o se fume. El talento explota o no explota, pero no abunda más en un lugar o en otro.
Puedo estar de acuerdo en el sacrificio, la solidaridad y la modestia, pero son la cara favorable de complejos y heridas del pasado. No deberíamos nunca renunciar a ellos, pero yo tampoco pintaría mi bandera sólo con esos colores.
Es sintomático que ni siquiera consigamos ponernos de acuerdo en cuáles son los valores que nos definen como ciudadanos de este país. Quizá todavía tenemos mucho que aprender. Mientras tanto, nos queda el fútbol.