Una de las virtudes que desde siempre le achaqué a Factual fue la mezcla de brutal honestidad con soberbia transparente. Factual hablaba de Factual con tanta suficiencia que era difícil no pensar que realmente esos chulos como ochos tenían motivos para tirarle besos al espejo.
Tanta, tanta suficiencia que se permitían el lujo de apuntarse como tantos todas y cada una de sus flaquezas. Nos dejaban entrar en las reuniones, donde predominaban esos dos acentos catalanes, uno tras unas gafas a punta de nariz, y otro debajo de una colisión de pelo rojo entre apocados periodistas de bullente vida interior; sacaban crónicas en las que no les importaba admitir que hacían fotos con un iPhone, o cómo emanaban perfume a novato en ruedas de prensa, unas planetarias y otras no; lucían su excentricidad como si estuvieran en la cola de un garito neoyorkino.
Escribían de fábula, todos ellos. Si en algún momento detecté algo parecido a una ideología detrás del proyecto, quizá tuviera que ver con eso: un respeto reverencial por las verdades que desatan las palabras bien empleadas.

Claro, que en un entorno de flagrante exhibicionismo, qué se le podía pedir a un cierre como el que ha tenido lugar. Se han vivido días convulsos en internet, siguiendo el culebrón de Factual como si fuera…un culebrón. Primero despega Espada, luego escupe Fallarás, responde Varela, opina Toquisqui, y al final, como era de esperar, florecen las crónicas.
Aquí la de Cristina Fallarás, contando el relato fatal desde la pluma de la mujer ídem.
Últimas horas en Factual, I y II de Braulio García Jaén, escueto, conciso, ex preocupado.
Igual esta es la última vez que hablo de Factual!
(por cierto, me quedo con las ganas de escuchar las respuestas de Cristina Fallarás a una entrevista que conseguí, creo, hacerle llegar por mail)
